Castillos de arena
Desde que soy niño tengo presente mi entorno, dejando de lado a los demás. Solo existía yo: conociendo y dejando que me conocieran. ¿Qué podía suceder con eso? Aún no era consciente de los humanos, de aquellos que viven en un mundo diseñado para vivir, pero que sobreviven de forma cruel y asfixiada. Antes no era consciente de ello, como niño que debía ser. Con los años llegó la conciencia, y los castillos de arena que había construido a la orilla del mar comenzaron a desaparecer. Poco a poco, las olas los fueron arrastrando; con fuerza se llevaron uno por uno. La arena quedó regada por el inmenso mar, llegando a lugares que ni siquiera mi mente podía imaginar. Incluso hasta lo más profundo, allá donde es imposible llegar y donde, de hacerlo, serías apenas carnada para la muerte. Entonces surgió la pregunta: ¿todos los castillos de arena fueron arrebatados? No. Quedaba uno. Una esencia que creía mía. Siempre intentaban alcanzarlo, pero yo tomaba aquel castillo roto —a veces incompleto—...