Castillos de arena

Desde que soy niño tengo presente mi entorno, dejando de lado a los demás. Solo existía yo: conociendo y dejando que me conocieran. ¿Qué podía suceder con eso? Aún no era consciente de los humanos, de aquellos que viven en un mundo diseñado para vivir, pero que sobreviven de forma cruel y asfixiada.

Antes no era consciente de ello, como niño que debía ser.

Con los años llegó la conciencia, y los castillos de arena que había construido a la orilla del mar comenzaron a desaparecer. Poco a poco, las olas los fueron arrastrando; con fuerza se llevaron uno por uno.

La arena quedó regada por el inmenso mar, llegando a lugares que ni siquiera mi mente podía imaginar. Incluso hasta lo más profundo, allá donde es imposible llegar y donde, de hacerlo, serías apenas carnada para la muerte.

Entonces surgió la pregunta:
¿todos los castillos de arena fueron arrebatados?

No. Quedaba uno. Una esencia que creía mía.

Siempre intentaban alcanzarlo, pero yo tomaba aquel castillo roto —a veces incompleto— y lo llevaba lo más lejos posible de la orilla, intentando salvarlo, mantenerlo en pie. Con fragmentos de otros castillos que las olas habían arrancado y que quedaban entre mis manos, buscaba reforzarlo, darle firmeza. Intentaba sostenerlos todos, pero siempre terminaba conservando solo una parte.

Estaba cansado. Por las noches las olas eran aún más fuertes. Muchas veces ya no sabía cómo mantener el castillo en pie.

El mar me arrebataba pedazos cuando las olas cobraban fuerza en la oscuridad; era algo imposible de contener. Tomaba arena —esa que nunca se acaba— y volvía a construir, solo para que todo fuera llevado de nuevo al fondo.

Un día, agotado, preferí dejar que las olas se lo llevaran.

Las olas regresaron, exigiendo el castillo, sorprendidas por su inexistencia.

Aquel castillo era hermoso: pequeño, pero capaz de contar la historia de cómo creció, sufrió y permitió que los demás castillos que lo acompañaban fueran arrebatados de su lado.

Y así quedé solo, con el deseo de querer salvarme.

Lo único que permanecía de aquel castillo de arena era un humano de ojos cafés, cabello largo, manos grandes y una sonrisa borrada por esas olas que siempre intentaban llevarse sus castillos.

El mar comenzó a tocar mis pies descalzos, intentando arrastrarme también. Pero yo era más pesado que aquellas olas.

Mis lágrimas se hicieron parte del mar.

Estaba desgastado. Los castillos ya no existían: solo quedábamos yo, las manos que los habían creado y la mente y la imaginación que, a ese punto, creía muertas.

Tomé la arena entre mis manos y comprendí que el mar siempre se llevaría mis castillos.
Pero que yo podía decidir si el mar se llevaba también a mí… o solo a ellos.

Derramé más lágrimas sobre el mar y me levanté.

El mar aún quería arrastrarme, pero me anclé a la arena y no lo permití.

Tomé el mar entre mis manos; el agua se escurría entre mis dedos, regresando gota a gota a su origen.

El mar es inmenso. Contiene tanto que resulta casi imposible derribarlo. Guarda millones de castillos en el fondo de sus aguas y, aun así, los humanos seguimos visitándolo. Lo buscamos por la paz que, curiosamente, nos ofrece. No es el mar el problema: somos los humanos, que insistimos en usar su arena —aquella que le tomó millones de años crear— revolcando conchas entre sus olas para convertirla, una y otra vez, en castillos de arena.

Di la vuelta y caminé lejos del mar.

Miré atrás y vi el castillo aún allí. El mar no lo había tocado. Había olvidado una zanja a su alrededor, permitiendo que el agua llegara y regresara sin alcanzarlo.

Llegó el atardecer.

Esa noche, las olas sí lograron llevarse mi castillo de arena. Pero nunca volví a comprobar si estaba o no. Volvía y lo construía una y otra vez: cada uno distinto al anterior, algunos mejores, otros no. Pero siempre había un castillo en la orilla del mar.

Siempre hubo un castillo de arena.
Siempre estuve en la orilla del mar.


Jonathan Jesse

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